HAY OTRO MODELO REDISTRIBUTIVO
Por Mariano PINEDO
Cuando se acalló, a fuerza de realidad, el sueño idealista de algunos fanáticos y confundidos del liberalismo, que creyeron que podían contener la miseria concreta de un pueblo, con la mera enunciación de una promesa que nunca se realizaba y que se dio a conocer como el “efecto derrame”, muchos de los que sostuvieron políticamente ese sofisma, creyeron que podían continuar en el poder a través de un nuevo demiurgo, igualmente idealista y similar en cuanto al cinismo que encierra, a través de la anunciación de la muerte del liberalismo y el nacimiento de un “nuevo” sistema de asignación de recursos, supuestamente más justo en la distribución de la riqueza.
Sustentado en la supuesta bondad del hombre nuevo –nacido en los 70, reformulado en 2003 y autoredimido por el provecho que obtuvo del período intermedio-, el moderno mito pretende reemplazar la concentración económica privada por la acumulación de divisas en las arcas públicas (sin por ello dejar de profundizar el proceso de concentración), prometiendo que el efecto derrame otrora confiado al mercado, ahora estaría garantizado por la sensibilidad de los hombres que manejan la caja del Estado centralista y unitario, como por ejemplo el neorivadaviano Alberto Fernández.
Sin perjuicio de que vale la pena resaltar que en ambas épocas hubo quienes se beneficiaron del sistema –casualmente los mismos nombres-, lo más importante es que en ninguno de los dos casos se apostó sinceramente a una eficaz, auténtica y justa distribución de la riqueza nacional.
Creemos que existe otro modelo de país posible, respetuoso de su cultura innovadora, que apueste al trabajo, a la familia y a la confianza que genera compartir un proyecto común, sustentado en leyes e instituciones que garanticen igualdad de oportunidades, en vez de sistemas basados en la actuación de funcionarios autócratas, supuestamente depositarios de la justicia, que definen desde sus escritorios qué cosa debe hacer cada ciudadano para que la realidad sea lo que ellos un día idearon, al amparo de viejos proyectos políticos de presidentes que no fueron.
Creemos que un Estado debe ser fuerte y convencido, creando incentivos de política económica y condiciones de previsibilidad, para que aquellos que generen divisas, en base a su competitividad y aprovechando inteligentemente las coyunturas internacionales –cosa que no debe avergonzar a nadie- inviertan el producido de ello en el país, generando nuevos emprendimientos productivos, nuevas oportunidades de trabajo genuino e inclusión social verdadera. Ese estado debe brindar salud a su pueblo y sostener, a través de un sistema educativo público para todos, una cultura del trabajo, sobre la base de que la realización personal debe estar forzosamente enmarcada en una comunidad que vaya cumpliendo sus objetivos, no sólo materiales, sino culturales.
Lo contrario de ello es lo que hoy vemos. Un gobierno que entiende al país desde una perspectiva extractiva y usurera, como si todo en el mundo fuera petróleo y dinero. No sorprende en ese sentido la alineación con Chávez, que todo lo ve color negro y verde. Pero el modelo de distribución que merece la Argentina no es el de exprimir la riqueza y distribuir la caja, al antojo del mandamás que está sentado sobre ella. Eso es propio de países petroleros, con dirigencias ricas y pueblos pobres.
La Argentina merece distribuir en función de su enorme diversidad para generar riqueza, que no es meramente natural, sino producto del trabajo del hombre, de su creatividad, de su inteligencia y de su capacidad emprendedora. No respetar eso es no respetar nuestra cultura. Por ello se sorprenden desde el gobierno cuando ven la reacción de un interior ya agotado de tanto enfrentamiento, pero sobretodo indignado por la forma en que se mansilla su cultura, que es la del trabajo, desde un politburó urbano, acostumbrado a extraer riqueza y manejar caja.
Hasta que no entiendan que la indignación del campo es en defensa de su cultura, de un modo de vida arraigado en su relación con la tierra, vamos a seguir en un enfrentamiento absurdo, sin resultados para unos, ni para otros. Sólo seguiremos viendo cómo la riqueza de nuestra patria es utilizada por un gobierno centralista, para disciplinar sumisos gobernantes provinciales, cada vez más cerca de ser delegados del poder central, en lugar de fundadores de una Nación.